Mazúrquica Modérnica. Violeta Parra en código abierto

Canción Mazúrquica Modérnica de Violeta Parra, publicada en 1966 por RCA Víctor en el disco Últimas Composiciones.

imagen de Violeta ParraY la vida me tiene así, siguiendo con este ejercicio de rescatar propuestas viejas para descubrir todo lo vigentes que se encuentran hoy, quizás buscando retornar el origen, insatisfecho con la falta de contenidos nuevos que hablen de un planeta prisionero de un sistema salvaje. En ese sentido, rescatar esta canción de Violeta Parra, cuya letra es absoluto presente, no hace más que motivarme.

Aunque sí se me viene un nombre a la cabeza: Soy injusto si no menciono a Ana Tijoux como alguien que sí toma la posta de esta creadora. Violeta, la artista chilena que también incursionó en la pintura, en la cerámica, en el bordado y en la escultura, nació un 4 de octubre de 1917 hace 95 años, pero aún sigue siendo una de los grandes de la música chilena y americana, a pesar de haber muerto hace más de cuarenta años.

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Neruda y un poema de vida para recordar su muerte

Poema Voy a Vivir de Pablo Neruda, publicado en 1950 en México en el libro Canto General.

Este posteo es simple. Lo escribo a 39 años del fallecimiento de PABLO NERUDA, y lo presento cuando las líneas de este poema de su "Canto General" (1950), se confunden con la contigencia de este ya futuro y lejano 2012. En medio de tecnologías espaciales que los habitantes de la tierra usan cotidianamente, las viejas palabras se hacen más contemporáneas que nunca.

Voy a vivir (Pablo Neruda-1949)

imagen de Pablo Neruda

Yo no voy a morirme. Salgo ahora
en este día lleno de volcanes
hacia la multitud, hacia la vida.
Aquí dejo arregladas estas cosas
hoy que los pistoleros se pasean
con la «cultura occidental» en brazos,
con las manos que matan en España
y las horcas que oscilan en Atenas
y la deshonra que gobierna a Chile
y paro de contar.
                          Aquí me quedo
con palabras y pueblos y caminos
que me esperan de nuevo, y que golpean
con manos consteladas en mi puerta.

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El Viaje de Nelson Schwenke

Rescate del trabajo del dúo chileno Schwenke & Nilo tras conocerse la muerte de uno de sus fundadores, el valdiviano Nelson Schwenke.

Imagen de los comienzos del dúo Schwenke & NiloRecuerdo muy bien la situación. Hace unos diez años entramos con dos compañeros de trabajo a almorzar en un restorán de la calle Antonia López de Bello en el Barrio Bellavista. Apenas nos sentamos me alegré por la música que tenían puesta los locatarios. Se trataba de Schwenke & Nilo, y expresé mi emoción de escuchar esas canciones después de muchos años.

Sin embargo mis acompañantes, unos cuantos años más jóvenes que yo, reaccionaron sin mala intención diciendo frases como “qué triste” o “qué penita”, refiriéndose a sus temáticas. Intenté explicarles el origen de sus canciones y el contexto histórico en que nacieron... pero no.

La distancia generacional ya era demasiado grande y el mercado de la nueva democracia había empezado a cubrir con su manto del olvido a quienes ayudaron a combatir una dictadura con música y poesía. Y tan sólo unos pocos años antes.

Intenté explicarles que en Valdivia llueve mucho y que esa característica climática se transforma en extrema melancolía cuando tienes conciencia social. Que durante la dictadura de Pinochet las peñas universitarias eran una gran posibilidad para reunirse en torno al arte y compartir pensamientos e información. Que muchos conocían casos cercanos de prisioneros políticos, de torturados y de desaparecidos, y que un artista consciente es incapaz de sustraerse a ello. Que eran tiempos de extrema creatividad, con músicos y poetas compartiendo escenario, como lo hacían Schwenke & Nilo con su amigo Clemente Riedemann. Que estábamos en presencia del nacimiento de una nueva economía mundial, con Chile como conejillo de indias de un modelo desigual y con demasiadas injusticias sociales. Pero nada.

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Luis Alberto Spinetta, el flaco

Reflexiones y recuerdos tras la muerte del músico argentino Luis Alberto Spinetta.

Foto de Luis Alberto Spinetta (http://www.spinettacual.com.ar)Esta es una frase que muchos odiarán: El pueblo no conoce a Spinetta.

En Chile, claro. Y en el resto de la tierra que se comunica en castellano, tampoco, salvo en Argentina que es un país con raíz rockera, por lo tanto, bellamente marciano, como Spinetta, Charly, Subiela o Messi. Y me da mucha pena que así sea... lo del pueblo, digo.

A veces pienso que los discursos políticos y las dádivas de la clase dirigente-empresarial no tendrían eco si el pueblo tuviera más acceso a este tipo de sonidos. Si les pusiéramos a los humanos chicos desde temprano este tipo de música, para contrarrestar lo que desde la radio entrega Arjona y otros similares agentes contaminantes, pues estoy seguro que el pueblo crecería (pobre, pero) con estándares de apreciación de la belleza mucho mayores, y por ende, más críticos. Quién sabe al final si con la entrega de leche en los consultorios y un par de discos de Spinetta, Caetano o Violeta, el pueblo se pudiera levantar por fin para encarcelar a los banqueros como lo hacen en Islandia. No sé. Es una asociación que me nació hacer. No hablo de la canción protesta como herramienta (lo de Spinetta no lo es), si no de belleza, de ruptura, de libertad, ¡de riesgo!, de escribir en métrica o en verso libre, de tocar progresivo y luego jazz, de pintar realista y cubista, pero con un sello único e indisoluble: la creación. La invención. No hablo de producir, hablo de crear.

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Nostalgia de la Luz, de Patricio Guzmán

Comentario sobre el último documental de Patricio Guzmán.

Afiche en francés de Nostalgias de la LuzMientras caminábamos de regreso del cine Hoyts por la Avenida Pedro Montt, pensaba en aquello del “pie forzado” que usan los payadores, que te digo una palabra y tú improvisas unos versos. Creo que asimilándolo al documental, si a Patricio Guzmán le entregas un tema cualquiera, él sabrá armar un relato notable, pero siempre orientado hacia el mismo objetivo que se ha propuesto: recuperar la memoria, combatir el alzheimer de un país llamado Chile. Y en “NOSTALGIA DE LA LUZ” el propósito se mantiene inalterado. Si a Guzmán le dices “estadio de fútbol”, creo que él inmediatamente te diría “cuando niño me llevaban al estadio, el mismo que luego fue un campo de prisioneros”. Si le dices “tren”, él sabrá encontrar en su memoria la relación perfecta entre vivencia y horizonte, construyendo quizás algo así como “de niño siempre viajábamos en tren, los mismos trenes que luego transportaron prisioneros políticos”. Y así. Creo que es una gracia inmensa. Uno, porque habla de la capacidad de un contador de historias para elaborar narraciones que contienen temas supuestamente inconexos; y Dos, porque su obstinación deberá ser agradecida algún día por los habitantes de Chile.

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Grizzly Man, de Werner Herzog

Grizzly Man, documental de Werner Herzog sobre la vida del defensor de los osos Timothy Treadwell.

Afiche GRIZZLY MANDesde que vi por primera vez “Aguirre, la ira de dios”, de WERNER HERZOG, sentí un profundo respeto por él, algo así como la admiración que sientes por los maestros, seres mayores, serios y toscos, que parecen inalcanzables, pero que te dejan una huella para siempre. Jamás había visto una foto suya, ni había leído su biografía. En verdad, ni siquiera había escuchado su nombre. Después de ver esa película pensé que si me lo encontraba de frente algún día, lo saludaría con un respetuoso don Werner. Por el contrario, a otros no podría evitar expresarme como un fanático más: ¡Woody!, ¡Martin!, ¡Eliseo! Es que sus películas, “Woyzeck”, “Fitzcarraldo”, “Nosferatu, el Vampiro“, o “Cobra Verde”, por nombrar sólo las más reconocibles, son especiales, yo diría únicas, con una clara tendencia a rescatar historias de personajes geniales y contradictorios, en escenarios remotos, llenos de sueños imposibles y de locura.

Sin embargo, este realizador bávaro posee en su filmografía tantas películas de ficción como documentales. Confieso eso sí que cuando supe de “GRIZZLY MAN” (2005), tuve una sensación curiosa, de asombro, como si él afrontara una fórmula en extremo novedosa. Pero es injusto pensar así. Lo que Herzog expone en esta película es precisamente lo que siempre lo ha caracterizado. El alemán volvió a encontrar a un personaje extraño, diferente y especial, y que se desenvuelve en un entorno adverso para el ser humano.

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La Danza de los Vampiros, de Roman Polanski

La Danza de los Vampiros (The Fearless Vampire Killers), parodia dirigida por Roman Polanski en 1967.

Antes de los doce años ya me había encontrado, gracias a la tele, con obras tan mágicas como “Casino Royale”, “Melody”, “Hotel Paradiso”, “Robó, huyó y lo pescaron”, “El Duelo”, “¿Qué pasó, Pussycat?”, “¿Cómo robar un millón de dólares?”, “Bandolero”, “Los Pájaros”, “¿Qué hacías cuando se fue la luz?”, “La Pantera Rosa” y muchas más... y en algún lado también vi “La Dolce Vita”. Pero con esta parodia al mundo de los vampiros existe algo muy personal, porque fue el primer acercamiento con el deseo de hacer cine. Después que la vi por primera vez (tenía entre 10 y 12 años), me dije: “¡qué bien lo deben pasar estos tipos haciendo esto!”, algo que también me ocurrió con la serie de TV “M*A*S*H”. “LA DANZA DE LOS VAMPIROS” se convirtió en obseción. Con los años descubrí en un libro que el ayudante del personaje principal, el torpe y miedoso asistente del profesor, era ROMAN POLANSKI; que además era el director del film, y que la hermosa chica de la película era su esposa SHARON TATE. ¡O sea!: el mismo director de “Tess”, la primera película de la que me echaron de un cine por ser menor de edad; ¡el mismo de “El bebé de Rosemary”, “Chinatown” y “Búsqueda Frenética”!; y la mismísima Malibú, que competía en belleza con Claudia Cardinale en “No hagan Olas”. ¡Es que los niños no andan preocupados de leer los créditos!, además que no existía “Biography” en el cable, porque no había TVCable, y no podía correr a investigar a internet, porque no había internet. Entonces el cielo se despejó. Reí. Me sentí bien. Sentí que hay sensibilidades comunes y que debían existir más personas en el planeta amantes de la película y, por lo tanto, de Polanski y, por ende, de su humor, de su forma de encarar las perversiones, de su estética y, por sobre todo, de su forma de contar historias.
“Dance of the Vampires“ es la primera película de Polanski para la industria hollywoodense (MGM, con un vampiro reemplazando al león y todo), aunque fue filmada en Europa (en Ortisei, Alpes Dolomitas, al norte de Italia; interiores en Londres). Por supuesto, los productores estadounidenses la editaron a su gusto y le cambiaron el título a “The Fearless Vampire Killers or Pardon me but your teeth are in my neck” (Los Audaces Matavampiros o Perdón, pero sus dientes están en mi cuello). Sin embargo, no parece haber sido destruida del todo desde la perspectiva del espíritu del film.
Los “audaces” asesinos de vampiros no son otros que el connotado investigador de murciélagos, Profesor ABRONSIUS (Jack MacGowran), y su ayudante ALFRED (Roman Polanski), quienes llegan a una posada en Transilvania para dar inicio a sus investigaciones. Abronsius, que ya ha publicado un libro y tiene en imprenta el segundo, desea confirmar ciertos datos sobre los vampiros, como que el ajo los ahuyenta; que se espantan ante la presencia de una cruz; que no se reflejan en espejos; que mueren al enterrárseles una estaca de madera en el corazón (“entre la séptima y la octava del lado izquierdo”); y otras aseveraciones “tan obvias” para los conocedores del vampirismo. La posada le pertenece a SHAGAL (Alfie Bass, “Help”, “El Regreso de La Pantera Rosa”), un comerciante casado con REBECCA (Jessie Robins, la tía de Ringo Star en “Magical Mystery Tour”).Junto a ellos viven la criada MAGDA (Fiona Lewis) y su hija SARAH (Sharon Tate). Es interesante destacar que todo el primer acto transcurre aquí. Este es el centro de operaciones desde donde se plantea el conflicto y los objetivos de los personajes. Abronsius y Alfred se disponen en medio del frío a descubrir algo que todos los habitantes del lugar temen y que es la existencia de un castillo donde habitan vampiros. En casi media hora de película son puestos sobre la mesa los indicios que el Profesor Abronsius está buscando, pero sin ver ni la sombra de algún hombre-murciélago. Vemos ajos colgados por todas partes, el cómplice silencio de los lugareños frente al tema y, por supuesto, la presencia del jorobado KOUKOL (Terry Downes), el sirviente del castillo que se apersona en la posada a buscar víveres. Pero es la desenfrenada personalidad de Shagal lo que empieza a moverlo todo. El posadero está sexualmente obsesionado con la criada, Magda, lo que provoca los violentos celos de su mujer. Pero lo de Shagal parece comprensible. Si hasta el propio Alfred no resiste la tentación de intentar tocarle sus prominentes pechos. Aunque su verdadera atención está puesta en Sarah.
Primero son sólo tímidas miradas, pero luego es la irrupción de ella en su habitación lo que cambia las cosas. La pieza donde pernoctan Abronsius y Alfred es la única que posee baño con tina, y una tina con agua caliente es la debilidad máxima de Sarah (“Es una costumbre que adopté en el internado, ¿sabe?”). Toda su sensualidad aflora para pedirle a Alfred que le permita pasar al cuarto de baño. El doble sentido usado en la conversación entre la bella hija del posadero y el tímido ayudante del profesor, despiertan en éste un enamoramiento definitivo (un desorden hormonal, digamos). La sensual imagen de Sharon Tate bañándose -espuma, esponja y tina de madera, mediante-, es uno de las imágenes imborrables de “LA DANZA DE LOS VAMPIROS” (e imborrable para un par de generaciones de hombres en el planeta). Sin embargo, es en este momento cuando aparece por primera vez el CONDE VON KROLOCK (Ferdy Mayne), introduciéndose por la claraboya y atacándola hasta introducir sus colmillos en el cuello de la chica. Alfred, que, como todo un caballero aguarda al otro lado de la puerta, siente ruidos y observa todo por la cerradura, intentando comunicárselo al profesor, pero ya es demasiado tarde. El Conde ya la ha raptado y los acontecimientos han tomado un giro diferente. Shagal sale en su búsqueda, pero sólo logra que los lugareños lo traigan a la mañana siguiente congelado y sin ninguna gota de sangre en el cuerpo.
Mientras Abronsius se muestra fascinado ante los hechos que pueden probar sus teorías, su asistente sólo tiene en mente a Sarah. Intentan enterrar una estaca en el corazón de Shagal, pero este se les escabulle. Incluso entra en la habitación de Magda, la que horrorizada le muestra una cruz (tomada como si fuera un arma, como en todas las películas de vampiros), pero él se ríe de buena gana ignorando el símbolo: ¿es lo que todos los analistas han definido como un Vampiro judío? Ante el giro de los acontecimientos, el Profesor Abronsius y su ayudante Alfred, deciden ir a investigar in situ. Y se dirigen al castillo. El traslado lo hacen esquiando (deporte favorito del realizador), en una escena en que se invierten los papeles: el ayudante aquí es experto, y el intelectual profesor es definitivamente torpe. El paisaje nevado en plano general, se presta ahora para la diversión y el encanto, como lo es también el mono de nieve que Alfred hizo antes ante la mirada de Sarah. Por el contrario, los copos que caen por la claraboya del baño son testigos melancólicos de su rapto a manos del Conde. El resto del relato sitúa la nieve como un elemento que acentúa el miedo, un motor extra para temblar, un medio difícil de andar.
En el castillo de los von Krolock se produce el primer contacto entre los investigadores y el Conde (después de la primera media hora). De la molestia por la intromisión en su hogar, el anfitrión pasa a la adulación, una táctica que emplea para hacerle creer a Abronsius que en verdad está interesado en su trabajo, “que ha leído su obra” y que pone a su disposición su “magnifica biblioteca”. El “quiróptero” tiene un objetivo que está próximo a conseguir: sembrar de vampiros el planeta al amparo de Lucifer. Sin embargo, la fantasía siempre nos depara una pregunta instantánea: ¿por qué “diablos” no les chupa la sangre y ya? Pero he aquí el encanto del género de terror y más aún en una parodia: ¡Los invita a quedarse! Es que, en el fondo, el Conde mantiene esa humana tendencia a la egolatría. Imagina su nombre en los libros, transformándose en motivo de admiración. Que un connotado profesor haya llegado de improviso a su castillo y pueda hablar de él en su próxima investigación, es un regalo “del demonio”. Pero además, nos referimos a un señor, un caballero. Un vampiro dechado de elegancia jamás le muerde el cuello a otro caballero frente a las cámaras. Los hombres siempre aparecen mordisqueados, pero nunca siendo mordidos. Para el espectador, el vampiro guarda sus mejores escenas de exhibicionismo ante las chicas. ¿Los señores? No, gracias. Ellos pueden quedarse a dormir en el castillo. Pero, ¿y si en el castillo habita un vampiro homosexual?
Uno de los elementos más originales de la película es la presencia de HERBERT (Iain Quarrier), hijo del Conde, el que toma un especial “afecto” por Alfred desde su primer encuentro. Cuando el personaje representado por Polanski busca a Sarah (que debía estar en la bañera de uno de los baños del castillo), este se encuentra en su lugar con Herbert von Krolock. De aquí en adelante nos situamos frente a uno de los momentos más hilarantes y, a la vez, terroríficos de la película. Alfred es muy tímido, por lo que ha hurtado de la biblioteca un pequeño ejemplar titulado “Cien maneras de declararle un tierno amor a una damisela decente”, teniendo como objetivo a Sarah. Pero Herbert descubre su “secreto”. Mientras el vampiro gay intenta practicar las sugerencias del libro con Alfred, el tontorrón asistente del profesor Abronsius se da cuenta que frente al espejo es sólo él quien se refleja. Definitivamente el horror es doble: está sentado junto a un vampiro de verdad -¡su vida corre peligro!-, pero además, su integridad sexual también está a las puertas del ocaso. Doble posibilidad de muerte. Justo en el momento en que Herbert se dispone a clavarle los colmillos, ¡Alfred le interpone el libro y estos se clavan en la tapa de cuero! Es una escena maravillosa, porque reúne todo lo que es la película: uno siente tanto terror que lo único que desea como espectador es que Alfred huya para no morir; pero es también una escena en que el humor es tan potente, que el miedo cede espacios. ¿Puede una parodia producir escenas de tanto temor como ésta?, ¿es posible reírse cuando un ser humano está a punto de morir? Parece que sí.
El segundo acto se basa en la búsqueda de pruebas, la comprobación de que los von Krolock son vampiros y el intento de Abronsius por exterminarlos con una estocada en el corazón, pero la torpeza y falta de concentración de su asistente, retrasan el objetivo. Y aquí es donde la parodia se mezcla con el género parodiado.
Para mí y para otros estudiosos de Polanski, “LA DANZA DE LOS VAMPIROS” es una de las mejores películas de vampiros que se haya hecho. Las razones van desde la ambientación, decorados, vestuario (¡todo el arte!), hasta la utilización de los códigos esperables en una obra de género. Así como del Chavo del Ocho esperamos siempre un “bueno, pero no se enoje” o un “chusma, chusma” de Quico, aunque lo repitan capítulo tras capítulo, la risa se produce igual. Aquí no importa que existan mil películas o dos mil libros (“Drácula”, “Nosferatu”, “Sombras Tenebrosas”, “Yorga”, “Blácula”, “Drácula y las mellizas”, “Kung Fu contra los siete vampiros de oro”, “Blade”, “Buffy”, “Entrevista con el Vampiro”, “Abierto hasta el amanecer”… ¡”Sangre Eterna”!). El género exige que cada nueva historia contenga la presencia de sus códigos. En este caso: castillo, conde, ayudante, colmillo, cripta, investigador, ajo, cruz, estaca… y una víctima femenina. Polanski se preocupó con tanta dedicación, que lo expuesto en la pantalla es de una calidad superior, incluso por encima de las tantas realizaciones de la productora británica Hammer [1] a la que de una u otra forma quiso homenajear. Todos los clichés verbales y visuales, la fotografía, los hermosos telones… todo se transforma en un regalo. Pero la parodia no se vio superada.
El humor que incluyó Roman Polanski lo equilibra todo. Existen diálogos que se encuentran en el límite exacto entre la carcajada y el riesgo de resultar torpes y sin sentido (fomes). Ese límite es el que hace de este tipo de sátira algo tan sabroso. Ya cité la conversación del Conde von Krolock y el profesor Abronsius sobre el trabajo científico de éste. Pero la lista es larga: Alfred masca un ajo después de una persecución en que Herbert estuvo a punto de atraparlo. Su corazón late a mil. El miedo lo agobia. Al poco andar el profesor se gira y le pregunta con toda seriedad: “¿Qué comiste hoy?”. Luego el asistente le explica que el hijo del conde no se veía en el espejo, a lo que el profesor replica: “Mmm… me gustaría ver eso”. Es definitivamente la película más inglesa de Polanski. Además, la coreografía visual de personajes como Harold Lloyd o Buster Keaton es la gran homenajeada, con los continuos paseos de Abronsius y Alfred por las cornisas del castillo, al estilo del comediante de Kansas y sus vertiginosas acrobacias. Aunque sin exageración, el slapstick (tropezones, golpes, caídas) está siempre presente, haciendo que, de una u otra forma, exista una referencia al cine mudo. Por ejemplo, con el comienzo del tercer acto, las sospechas y las ironías entre ambos bandos quedan de lado. El Conde sabe qué hacen en su castillo y los amenaza con integrarlos al mundo de los no-vivos, para compartir “las largas veladas de muchos inviernos” junto a él… ¡pero después del baile!. Esa noche hay un baile de vampiros en el castillo para que el Conde presente a Sarah en “sociedad”. Nuevamente los investigadores han visto sus cuellos salir ilesos, entonces alistan un cañón para poder escapar. Toda esa preparación se presenta ante los ojos del espectador de forma levemente acelerada, como en las viejas películas de principios del siglo 20.
En el baile se produce el desenlace. Ya no hay más qué investigar, sólo rescatar a Sarah y escapar. Y aquí es bueno detenerse en los elementos que los guionistas desplegaron a lo largo de la película como recurso constante: todo elemento expuesto una vez, sirve para resolver algo después. Por ejemplo, sabemos desde los primeros minutos que Shagal está obsesionado por la criada. Mientras se produce el baile, el posadero no resiste la tentación de echarle una “probadita” con sus colmillos a Magda, razón suficiente para olvidar guardar el trineo, el que será utilizado por los protagonistas para escapar. Otra: al inicio vemos a Alfred haciendo un muñeco de nieve ante la coqueta mirada de Sarah. Minutos después, Abronsius le indica que debe perseguir al jorobado Koukol. Al salir, se esconde detrás del muñeco para no ser observado. Una más: cuando los investigadores llegan al castillo, intentan abrir una losa en el suelo, como las tapas de las alcantarillas, haciéndolo con mucha dificultad y esfuerzo. De pronto, el mismo Koukol abre una puerta y los hace pasar. La losa queda ahí, sin abrirse. Casi una hora de película después, en pleno escape de los protagonistas por los subterráneos del castillo, abren una tapa del techo. El siguiente plano nos muestra a los héroes abriendo la losa que había quedado floja, emergen y logran escapar. Lo mismo para el uso del libro con que Alfred evita que Herbert lo muerda. Esta fórmula de cerrar círculos, es un recurso que se usa habitualmente en la construcción de un guión, pero que Gérard Brach y Polanski (los guionistas) exageraron para convertirlo aquí en un código.
Para desdicha de algunos colegas "especialistas" en cine, yo creo que “LA DANZA DE LOS VAMPIROS” es una obra cinematográfica espectacular. De fotografía precisa, música y sonidos cuidados y un guión técnicamente redondo, todo en función de dotar de humor y terror a una historia muy simple. Pero es también una película de personajes entrañables. Abronsius es un héroe curioso, intelectual, aunque desordenado. De apariencia einsteiniana, es más bien el antecedente preciso del Dr. Chapatín (de ahí lo sacó Chespirito, es mi apuesta). De modales dignos de los Tres Chiflados, como es ponerse la ropa sobre el pijama y sólo las partes que están a la vista. Nunca tiene miedo. Y sólo piensa en su obsesión: sus teorías científicas. Al otro lado está Alfred, su ayudante, un aspirante a sucederlo, pero dueño de una torpeza absoluta y miedoso. El mayor contraste con el profesor es su juventud, no sólo en apariencia externa, sino también en el descontrol hormonal. Mientras Abronsius sólo una vez muestra alguna tendencia sexual al espiar por el telescopio más de lo debido a Shagal -que se introduce en la pieza de la criada-, Alfred sólo piensa en “amor”, desde su fijación en los pechos de Magda, hasta su único motivo en la expedición: Sarah. Para él las teorías del profesor hace rato que ya no existen. Son dos compañeros que comparten una misma aventura, pero con dos motivaciones distintas. El Conde de comportamiento político, su hijo gay, el jorobado, un vampiro judío, una esposa celosa, la hija sensual y la criada de escote infartante, completan el cuadro de una película inolvidable.
[1] La “Hammer Films” es una productora de cine británica fundada en 1934 responsable de piezas clásicas de terror como “La Maldición de Frankenstein” (1957), con Peter Cushing como el doctor y Christopher Lee como el monstruo; “Drácula” (1958), dirigida por Terence Fischer; “La Momia” (1959); o “Las dos caras del Dr. Jekyll” (1960), entre muchas otras.
por Denis Leyton
[publicado en marzo de 2006]
más información en
Roman Polanski Online
Sitio Pedagógico sobre Roman Polanski
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Roman Polanski en polaco e inglés

Afiche de La Danza de los VampirosAntes de los doce años ya me había encontrado, gracias a la tele, con obras tan mágicas como “Casino Royale”, “Melody”, “Hotel Paradiso”, “Robó, huyó y lo pescaron”, “El Duelo”, “¿Qué pasó, Pussycat?”, “¿Cómo robar un millón de dólares?”, “Bandolero”, “Los Pájaros”, “¿Qué hacías cuando se fue la luz?”, “La Pantera Rosa” y muchas más... y en algún lado también vi “La Dolce Vita”. Pero con esta parodia al mundo de los vampiros existe algo muy personal, porque fue el primer acercamiento con el deseo de hacer cine. Después que la vi por primera vez (tenía entre 10 y 12 años), me dije: “¡qué bien lo deben pasar estos tipos haciendo esto!”, algo que también me ocurrió con la serie de TV “M*A*S*H”. “LA DANZA DE LOS VAMPIROS” se convirtió en obseción. Con los años descubrí en un libro que el ayudante del personaje principal, el torpe y miedoso asistente del profesor, era ROMAN POLANSKI; que además era el director del film, y que la hermosa chica de la película era su esposa SHARON TATE. ¡O sea!: el mismo director de “Tess”, la primera película de la que me echaron de un cine por ser menor de edad; ¡el mismo de “El bebé de Rosemary”, “Chinatown” y “Búsqueda Frenética”!; y la mismísima Malibú, que competía en belleza con Claudia Cardinale en “No hagan Olas”. ¡Es que los niños no andan preocupados de leer los créditos!, además que no existía “Biography” en el cable, porque no había TVCable, y no podía correr a investigar a internet, porque no había internet. Entonces el cielo se despejó. Reí. Me sentí bien. Sentí que hay sensibilidades comunes y que debían existir más personas en el planeta amantes de la película y, por lo tanto, de Polanski y, por ende, de su humor, de su forma de encarar las perversiones, de su estética y, por sobre todo, de su forma de contar historias.

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